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EL
CASTILLO DE AUNQUE OS PESE
La puerta de San
Vicente, esbelta y retadora, tenía en la
tarde inverniza, tras la puesta del sol, un tinte
gris mate de misterio.
Una gran multitud, entre la que figuraban las principales
damas y caballeros de la sociedad abulense, salida
de la Iglesia juradera. La Virgen morena de la Soterraña
hacía con su novena lo que de otro modo fuera
imposible. Entre aquella nobleza fervorosa, aparecían
bellas damas. Y el doncel galante –apostado
junto “al segundo pórtico de la Gloria” de
la románica Iglesia,- podía susurrar
en sus oídos unas palabras que recibía
la dama cual música de arpergios.
Unos minutos después, la muralla había
ocultado el vistoso desfile de trajes amplios de
brocado, tiesos y sin talle ni pliegues, que había
impuesto la moda italiana en la nobleza. Y el pórtico
de San Vicente, quedaba en silencio. Salía
la última dama acompañada de sus dueñas.
Esperaba un doncel, Don Gonzalo, que ocultaba con
su capa las calzas ajustadas y el jubón acuchillado
ceñido a la cintura. De su cinto pendían
daga y espada riquísimos, envainadas en verdes
fundas aterciopeladas como el jubón. Todo
fue un momento. De su boca salieron unas palabras:
-Por fin me ha desterrado vuestro padre. Esta noche
os veré
por última vez.
Las mujeres traspusieron el arco. Brillaban las primeras
estrellas en el diáfano azul celeste de aquella
tarde. Embozóse en su capa Don Gonzalo y,
a discreta distancia, fué dando la
última escolta a su dama, que pasando junto
al Palacio, en la Plaza de la Catedral, llegaba a
la magnífica portada del antiguo palacio de
los Dávila, jefes de la cuadrilla de Esteban
Domingo y ahora morada de Ximénez de Aboín,
nuevo Corregidor de la Ciudad y padre de Doña
Aldonza, la dulce dama que ahora trasponía
el umbral de la casona solariega.
Antes, sus ojos centelleantes volvíanse hacia
la plaza. Gonzalo de Velada la miraba desde lejos
empuñando su espada, mientras por las mejillas
sonrosadas de Aldonza, rodaban unas lágrimas,
unos luceros más de la noche invernal.
Con un fuerte golpe que retumbó en la plaza
se cerró
el viejo portón tras las mujeres. Fue un golpe
en el recio pecho de Don Gonzalo mientras por su
mente llegaban en tropel las escenas vividas por
la mañana en aquel mismo Palacio del Corregidor.
Ximénez de Aboín, que en su vieja enemistad
con los Velada, seguía las tradiciones de
discordias y rivalidades comenzadas por Esteban Domingo
y Blasco Jimeno en los tiempos de la repoblación,
desterraba de la ciudad a Don Gonzalo Velada, primogénito
del Regidor del Concejo Don Pedro, por capitanear
una cuadrilla de hombres, vasallos de Don Pedro,
cometiendo tropelías y sembrando el desorden
en la ciudad de Ávila…
Y aquella mañana, ante la hierática
y triunfadora sonrisa de Ximénez de Aboín,
Don Gonzalo Velada, adivinando la causa de su destierro
en el odio racial de las familias que no podían
ver con buenos ojos sus amores con Aldonza, rojo
de ira y acariciando el pomo de su espada, juró solemnemente:
Yo os juro, Señor Corregidor, por el invicto
temple de esta mi espada, que “aunque os pese” he
de ver a vuestra hija.
Y con pasos largos, pero firmes, salida de aquella
estancia ante la sonrisa de Ximénez de Aboín,
sentado en su poltrona de cuero y rodeado de rojos
tapices trenzados en telares abulenses y que tenían
blasones con los trece roeles.
Don Gonzalo partía. En el palacio de los Velada
todas las mujeres lloraban. En la puerta, el caballerizo
sostenía cuatro caballos, que inquietos relinchaban.
Tres mancebos fieles acompañarían a
Don Gonzalo en su destierro.
Ya salen por la puerta de San Vicente.
Ya están postrados de hinojos ante la Virgen
de la Guía de la fachada meridional de la
Basílica de los Mártires, en aquella
noche en que el frí:o viento hacia oscilar
el farolillo de la Virgen. Y allí, bajo la
bóveda azul tachonada de estrellas, los cuatro
caballeros oraron.
Cabalgaban después bordeando la muralla hacia
la puerta meridional, y al fin, se encontraban junto
al mirador del Palacio. Algo se movió
por las rejas de hierro. Después caía
una escala de cuerdas, y Don Gonzalo subía.
Adiós Doña Aldonza. No guardo rencor
a vuestro padre.
Don Gonzalo la miraba ardientemente. Su alma noble,
de monje, de poeta y de guerrero, se le haría
versos que no podría regalar a su dama por
la emoción de aquellos instantes.
Más si olvidáis mi dulce dueña
el amor que os profeso y daís el corazón
a otro, mandádmelo a decir, os ruego, porque
si vos morís para mi amor, no tengo más
que yo morir también, o que muera quien me
roba a mi el alma, robándoos a vos el corazón…
¡Don Gonzalo! Suspiró la dama mientras
tapaba el rostro con las manos ¿dudáis
acaso de mi amor? Pues yo también os juro
que será eterno.
Don Gonzalo se acercó para besar aquellas
manos, blancas como dos azucenas. Mas Doña
Aldonza dejólas caer para decir, muy triste
y dulcemente:
¡Marchaos!
Y el beso cayó sobre los labios de la dama,
ahogando su palabra, sin que ella supiera como, sin
que el supiera por qué …
Y fue un beso tan puro como la nieve blanca del invierno
abulense. Se besaron las almas más que los
cuerpos.
Por oriente comenzaba a clarear.
Los cuatro jinetes partían al galope en aquella
alborada, cruzando por el puente romano el Adaja,
para esfumarse poco a poco tras una nube de polvo
en la parda llanura del Valle Amblés.
Desde el mirador del Rastro, allá en el fondo
del Amblés, se divisa un castillo. Allí,
en la aldea castellana de Sotalvo, en un cerro escarpado
de las próximas estribaciones de la Serrota,
aún hoy puede admirarse la fábrica
de un castillo, cuya silueta sublime se levanta majestuosa
en el azul, con más bello contraste cuando
se interpone una nube precisa y recortada como un
pedazo de algodón colgado en el espacio.
Aún pueden admirarse sus cuatro esbeltas torres,
que se alzan sobre la roca viva, y su barbacana,
su foso… y sus salidas secretas.
Ya no quedan en pie más que los fuertes lienzos
que desafían siglo tras siglo a los soles,
al viento y al frí:o, pero aún se puede
subir a los balcones abiertos al muro y hechos para
soñar. Aún se puede atisbar por las
saeteras. Aún se puede imaginar una batalla.
Aún se puede admirar un hermoso paisaje rico
en perspectivas y desnudo en árboles… aún
se puede ver Ávila, desde algún recoleto
rincón del castillo.
Su roca viva, testigo de luchas entre agarenos y
cristianos, muestra hoy sus viejas almenas tapizadas
de verdín y patinadas por el tiempo, esmaltadas
por la leyenda y rociadas por la brisa que peina
los trigales de los campos castellanos.
Quisiera uno leer al cruzar la ancha puerta: “Este
castillo reconstruyó Don Gonzalo de Velada
para ver a su dama, cumpliendo un juramento que fizo
al padre de Doña Aldonza Ximénez de
Aboín al que dijo: Aunque os pese he de ver
a vuestra hija.
No se ha grabado sobre las centenarias piedras. Más
lo adivina quien soñando pisa aquellos lugares.
La tradición no conoce el castillo por otro
nombre que este: El castillo de aunque os pese.
El fué la morada de Don Gonzalo, en que cumplió su
juramento. Entre aquellos riscos de silueta recortada
fué fiel a su amada Doña Aldonza y
también a los destinos de la ciudad que le
había desterrado haciendo de su castillo barbacana
de la muralla que la defendiera de la morisma.
En aquel castillo soñó con su Aldonza
que seguía siendo fiel año tras año.
Desde aquel día de su destierro, cuéntase
que cada noche brillaban en los cerros las hogueras
que hablaban del incendio de su amor.
Y desde aquel día de su separación,
cada noche medía un jerifalte la distancia,
llevando y trayendo entre sus garras fieles papeles
con endechas de amor; llevando y trayendo entre sus
garras, jirones del corazón.
Y cuentan que la flor que la diera el mancebo, la
puso la dama en un búcaro de oro, y que cada
noche posaba sus labios ardientes sobre sus mustios
pétalos.
Y cuentan también que bajo las estrellas,
la dama tañía su vihuela y desde el
mirador cantaba en romances las penas de su amor.
Y narran las viejas consejas que un día un
fiel jerifalte llevó
al castillo un mensaje de auxilio junto a la flor
aquella que guardaba tantos besos: “…que
me quieren desposar y no es con vos”.
El padre de Doña Aldonza había concertado
sus bodas con un noble caballero descendiente de
los Dávila. La flor mustia que le llevara
el halcón a Don Gonzalo, fué como una
puñalada.
Don Gonzalo debía volver por su amor. La raptaría…
y a la grupa de su caballo alazán la llevaría
al castillo. Allí, felices los dos, se desposaría
en la iglesia de la aldea castellana en una bella
alborada. Los pájaros cantarían una
marcha nupcial mientras las trompas guerreras convocarían
a la mesnada para la lucha.
Y cuentan que las alas de su pasión volaban
más que su caballo alazán, la noche
aquella que, dando capa al viento, volvió con
cuatro de los suyos al rescate de su amada.
Aquí se interrumpe la leyenda. Nada sabemos
desde aquella salida de Don Gonzalo para emprender
la marcha hacia la ciudad.
¿Lucharía como esforzado paladín
para rescatar del palacio almenado a su Aldonza?
O tal vez, ¿irrumpiría en el templo
de San Vicente para romper las ceremonias nupciales?
La leyenda enmudece en este punto, pero de lo que
si habla es del fin de aquellas zozobras, y de la
boda de Gonzalo con Aldonza bajo las bóvedas
de la Basílica de los Santos Mártires.
Habla del juramento que se hicieron los dos enamorados
para siempre. Habla de la alegría de las campanas
de la ciudad, de los trinos alegres de los pájaros
en la mañana primaveral, y habla, por fin,
de una paz que se juraron para siempre, ante el sepulcro
de los Mártires, la familia Ximénez
de Aboín y Velada, los “capuletos y
montescos” abulenses.
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